Viaje con la Escuela, parte II: el Instituto

Cuando aterrizas al instituto, todo el primer semestre es de adaptación. En Italia, pasar de la llamada “Scuola Media” a la “Scuola Superiore”, a menudo supone un trauma para el estudiante. Hay que empezar a estudiar de verdad, se conoce un montón de gente nueva, que estará en tu clase durante los siguientes cinco años, además de nuevos profesores, nuevas asignaturas… Normalmente es muy difícil hacer alguna excursión medianamente decente durante el primer año de instituto, porque no hay profesores dispuestos a llevar por cuatro o cinco días a una manada de estudiantes repletos de hormonas. Mi visita de primer año de instituto, de hecho, fue… Turín. Un gran clásico como viaje de primer curso de instituto. Eso incluye normalmente una visita breve por la ciudad y el gran “must”, el Museo Egipcio.

El segundo año, ya se puede intentar el soborno a algún profesor compasivo (sé de gente que no ha tenido buenas experiencias, porque nunca encontraban a nadie que acompañara a la clase a ningún lado). Nosotros conseguimos unos días en Roma, que no es ningún exótico país extranjero, pero ya es algo y por lo menos no es Turín (que conste que Turín es una ciudad muy bonita y tiene un Museo del Cine precioso dentro de la Mole, pero cuando tienes 15 años te parece muy triste).

El tercer año, por fin, nos tocó la lotería. Nos fuimos a Linz, Praga y Salzburgo. Todavía recuerdo estas vacaciones como algo especial, probablemente porque su organización por parte de la agencia de viajes fue genial, o porque los sitios que visitamos merecieron la pena. O por el restaurante del hotel de Salzburgo, que te presentaba toda la ciudad a tus pies. O por la nieve. O por Praga, que me pareció un lugar mágico (al que volveré este diciembre, con gran júbilo y felicidad). Está claro que fue la visita que más recordaré y que más me gustó del quinquenio liceal (a parte el shock de ver la pasta puesta al lado de la carne como si de lechuga se tratara, qué asco).

Los últimos dos años nos tocó ir, respectivamente, a Viena y a los castillos de la Loira. De la primera visita recuerdo el Kunsthistorisches Museum y el palacio de Schönbrunn (y algún otro palacete por ahí). Viena me pareció bonita pero Praga la gana, en mis recuerdos, por más real y más humana. Además, me daba mucho miedo la gente en bici, que de verdad iba muy rápido por los carriles de la ciudad.

De los castillos de la Loira no recuerdo absolutamente nada, solo que nos pasamos al menos la mitad del viaje en el autobús, pasando por mil rotondas muy bien cuidadas y de hierba de color esmeralda. De forma muy nebulosa recuerdo también que visitamos algún que otro castillo (si no para qué vamos) y que estuvimos en… Lyon? O eso creo… La del hotel fue una experiencia tan horrible que aun habiéndome olvidado de todo, de eso sí que me queda una imagen mental bastante bien definida.  Dormimos 5 o 6 en una cama, encima de las sábanas (y de la colcha de motel del terror) en una habitación (nos juntamos en la que estaba “menos peor”) en la que probablemente habían vivido familias enteras de ratas durante generaciones. Y no, no eran ratas monas como las de Ratatouille.

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